En 1971, algunos intelectuales de izquierda lanzaron una famosa dicotomía: “Echeverría o el fascismo”. Era un diagnóstico y una justificación. En los discursos presidenciales creían ver una voluntad de cambio, frenada por los partidarios del antiguo régimen, por aquellos que se sentían amenazados por la apertura democrática, el desarrollo compartido y la retórica tercermundista. Echeverría o la continuación de la noche de Tlatelolco a escala nacional. Lo dijeron, lo creyeron y actuaron en consecuencia. Después de todo, decían, la política es el arte de lo posible; y si no era alguien fuera del sistema, al menos parecía progresista.

No tardó mucho para que la dicotomía se revelara falsa. En realidad no existía: las palabras eran complementarias: Echeverría y el fascismo, si con ello se quiere aludir a todos los acontecimientos represivos que acompañaron su administración, y al arsenal de técnicas, instituciones, mecanismos y discursos de la violencia que siguieron funcionando muchos años después. Desde luego, la violencia gubernamental no inició en 1970. Los gobiernos mexicanos cargan con una larga historia de represiones. Pero desde 1971 fue cambiando, tanto en sus objetivos como en sus técnicas, en las instituciones y los modos de legitimación. La violencia desnuda, abierta, manifiesta, puntual, fue modificándose lentamente; aparecieron las instituciones para-militares; luego la violencia contra los enemigos irreductibles del Estado, las guerrillas, oportunidad para desarrollar nuevas tácticas y estrategias de la guerra irregular; más tarde la violencia depuradora, la represión generalizada, la guerra contra pueblos y familias completas, con objetivos destructores-regeneradores del cuerpo social, como en Guerrero; y las nuevas tecnologías de la represión: la detención-desaparición y las demás técnicas de tortura, muerte y terror desde el Estado.

Carlos Fuentes, Tiempo mexicano, Joaquín Mortiz, México, 1971.

Tanto la dicotomía como su crítica se toman muchas libertades con el fascismo; una y otra sólo se refieren a su componente represivo, no al régimen político, ni a la ideología. Vid. Ludovico Incisa, “Fascismo”, en Norberto Bobbio y Nicola Mateucci, Diccionario de Política, Siglo XXI Editores, México, 1988, vol. I, pp. 668-678.

Carlos Pereyra, “La costumbre de reprimir”, en Nexos, N. 121. México, enero de 1988. Antonio Gómez Nashiki, “1948-1968 Veinte años de represión”, en Nexos, N. 121. México, enero de 1988.