La desaparición forzada es una más de las tecnologías represivas, una tecnología particular, que busca borrar al adversario y a su lucha, negarle estatuto político y existencial; se formó en una situación y en un lugar determinado, pero se adaptó rápidamente a otros conflictos.

Su peculiaridad reside en  efectuar un corte sustantivo en la circulación, en los enfrentamientos políticos.

Antaño, las cabezas de los enemigos del Estado se mostraban en la picota para escarmiento de la población; más tarde, los derrotados mostraban sus carnes heridas o tumefactas en las prisiones y en las morgues, en los dos casos se reconocía el conflicto, la lucha estaba abierta; en las desapariciones no, los adversarios no se encuentran, no se sabe donde están, ni cuál fue su batalla, ni cuáles sus ideales: no se sabe de ellos: no existen, no existieron.Eso perseguían los represores. Y así hubiera sido, si las madres de los desaparecidos, sus amigos, sus compañeros, sus vecinos y familiares no los hubieran rescatado del olvido, no hubieran buscado en los recuerdos, en los archivos, en los documentos, en las denuncias, para reencontrarlos y traerlos de nuevo: siguen estando aquí, siguen resistiendo, tienen nombre, participan en nuevos combates, han formado otros campos de guerra, otras estrategias, otra moral y otra política. Sí: las y los desaparecidos siguen siendo una afrenta al poder. Cada vez que se les evoca es una jornada política, una lucha sin cuartel y sin descanso. Aquí están, su memoria es un arma, su recuerdo anima la exigencia de que regresen, de saber dónde están, quién se los llevó, dónde estuvieron, qué fue de ellos. Así lo ha dicho el Comité Eureka: ¡Vivos  los llevaron, vivos los queremos!