La reforma es una guerra, un dispositivo táctico-estratégico que se ejerce en lo que denominamos el territorio educativo —en lugar del tópico Sistema Educativo Nacional (sen), un concepto fijado, instrumentalizado e institucionalizado en la legislación educativa—. Al contrario de eso, el territorio educativo es un campo de fuerzas agonistas, que se enfrentan permanentemente por la definición de los objetos educables, los objetivos educativos, los espacios, los actuantes, los medios, mecanismos, saberes y organismos educativos. El sen es una institución, el territorio educativo es un campo de fuerzas en tensión permanente.

¿Por qué una guerra y no una simple política educativa? Porque la política educativa, otra vez, sólo se refiere a los procesos instrumentales de un conjunto estratégico; la política pública se presenta como un dictum técnico-racional, su discurso se revela falso cuando la reforma explícita y procesalmente construyó un adversario-enemigo, una táctica demoledora (la blietzkrieg legislativa), un arsenal estratégico-conceptual (autonomía de gestión, calidad educativa, evaluación obligatoria y permanente), una articulación de fuerzas políticas y económicas (Mexicanos Primero, Pacto por México, Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos [ocde]), y utilizó las formas posmodernas de la guerra: control de mentes y corazones, spin doctors, técnicas semióticas y cognitivas en la elaboración de los marcos conceptuales, además de los conocidos y tradicionales métodos policiaco-militares, represiones, encarcelamientos, asesinatos.