Una pandemia no es un problema de salud; es un acontecimiento político. Afecta
la constitución, reproducción y existencia de la polis, es decir, de la población
como conjunto de seres vivos, de sus relaciones, integración, expectativas,
intercambios, deseos y creaciones, subjetivas y societales. Ahora sabemos,
quizá como lo sabían muchos cuyas voces fueron calladas durante demasiado
tiempo, sus prácticas cercenadas, sus culturas atropelladas y sus saberes
sometidos, que no es un evento a escala humana, sino ecosistémica, que revela
disonancias en la coexistencia y articulación de factores bióticos, abióticos y
ecológicos.
Ahora lo sabemos, pero tampoco es una cuestión técnica, sino un proceso
agonista, una confrontación de fuerzas en la inteligibilidad de la pandemia, en
su comprensión, en sus modos de atención, objetos de intervención, objetivos,
metas, determinación de recursos, prioridades, estrategias, tácticas, tiempos,
modalidades; es decir, en todo el proceso que va de la problematización
multidimensional (o sea, la complejidad de lo político), a las estrategias de
gestión diferenciadas (por ensambles y relaciones que especifican el campo de
las políticas) y la conflictividad de las fuerzas que disputan el gobierno de la
pandemia (que es el campo de la política).

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