
Nos dicen que es modernización, pero lo que sentimos es despojo. El retiro deja de ser derecho y se vuelve apuesta”. “Votaron la ley en la madrugada. A nosotros nos avisaron después, cuando ya no había marcha atrás”. “Nos formamos como trabajadores del Estado con la certeza de una jubilación colectiva. La ley nos cambió las reglas a mitad del camino: ahora la pensión depende de mercados que no controlamos. Eso no es previsión social, es una apuesta obligada”. “Es una operación en la que sólo ganarán los banqueros y la Gordillo”
“Antes me preocupaba por mis alumnos y por preparar clases; ahora paso horas revisando el saldo de mi cuenta, calculando cuánto necesito ahorrar. Ya no me siento maestra, sino como alguien que tiene que cuidar su dinero”
Frases como estas comenzaron a escucharse con insistencia entre maestras y maestros tras la reforma a la Ley del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) de finales de marzo de 2007. No provenían de manuales de economía ni de diagnósticos actuariales. Eran palabras nacidas de la experiencia de quienes habían organizado su vida laboral bajo un horizonte de retiro solidario y vieron, de pronto, transformarse ese horizonte en una promesa incierta atada al rendimiento financiero.
El lenguaje de las maestras y los maestros lo decía todo: despojo, decisiones abruptas, ruptura de un pacto, pérdida de derechos. Más que un ajuste técnico, la reforma fue vivida como una fractura biográfica y colectiva. No solo alteró cálculos de pensión; modificó la manera de imaginar la vejez, el trabajo y la relación con el Estado