Han pasado más de 40 años y seguimos bajo el yugo político-epistémico del thatcherismo: no hay alternativa. Parece no haberla cuando todos los programas distintos terminan en crisis políticas, económicas y de seguridad. ¡Y no porque los gobiernos neoliberales lo hagan mejor! Para nada, sino porque la crisis parece ser una de sus formas de existencia, les resulta cómoda, los estimula, los lleva más lejos y, en muchas ocasiones, los legitima. Todos estos problemas son cruciales para entender lo que sucede en México. Aquí el progresismo llegó muy tarde, cuando en América Latina estaba en descenso. En 2018, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ganó con una votación abrumadora. No hubo problemas: ni en el reconocimiento del triunfo, ni en la toma de posesión. Se dio una transición tersa, a pesar del discurso confrontacionista, de la narrativa de la corrupción y de la mafia del poder, no hubo ningún problema. A diferencia de la polarización masiva, ácida y del fraude electoral de 2006, en 2018 todo fue suave: una revuelta electoral casi de terciopelo.

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