En muy poco tiempo, la morfología de la protesta en México se modificó. De los movimientos estudiantiles tradicionales, con sus organizaciones, demandas y programas consensados, se pasó a otros que no se reducían a los estudiantes, que no eran totaliza- bles, que celebraban y reconocían las diferencias, que no represen- taban ni a todos los jóvenes ni a todos los de las instituciones de procedencia; tampoco a estratos socioeconómicos, grupos políti- cos o culturales. Sólo a los que directamente se reconocían como participantes. Y eran muchos. Muy distintos. En muchas partes. Sin centro y sin referencias polares: una multitud.

En un corto periodo, el que va de 2011 a 2014, iniciaron otras formas de la protesta colectiva. Son otras movilizaciones, distintas, irreductibles. Otras. #YoSoy132 y las movilizaciones por los desaparecidos de Ayotzinapa, que encuentran en las consignas #Fue elEstado, #YaMeCanse y #QueSeVayanTodos sus síntesis enunciativas, son los hitos fulgurantes —no los únicos— de una genealogía de la revuelta posmoderna en México.

#YoSoy132 se formó en 2012 contra los dispositivos noopolí- ticos (Lazzarato, 2006) de control social, conjuntó cuerpos y dis- cursos heterogéneos, en compuestos organizativos peculiares; dos años después, una movilización contra la desaparición de 43 nor- malistas rurales evolucionó rápidamente a una nueva expresión crítica, que transmutó sus perfiles corporales y de contenido, lingüísticos y de expresión, hasta esbozar una revuelta contra la forma criminal del Estado mexicano.

¿Cómo se configuraron estas nuevas entidades de la acción colectiva? ¿Cuáles son sus características? ¿En qué reside su par- ticularidad, su novedad histórica y política? En este texto se abor- dan estas interrogaciones a partir del surgimiento del #YoSoy132, de su conformación y trayecto; es menos un recuento cronológico de su constitución, que una síntesis conceptual de su génesis y devenir.